
María la Peluquera llevó a Jesús a la puerta y luego, más allá de la entrada de la caverna de Machpelab, hasta un sitio rocoso cerca del cual se arrojaban las entrañas de las víctimas sacrificadas. Una manada de perros parias que husmeaba entre los huesos y la carne podrida dirigieron a la mujer un aullido de bienvenida y se sentaron, en hilera sobre sus patas traseras. Ella les ordenó silencio: los perros dejaron de aullar y gimieron suavemente. Luego se abrió paso entre los desperdicios hasta la pared rocosa y allí pronunció una plegaria propiciatoria en un lenguaje que Jesús desconocía, aunque sabía muy bien a quién invocaba. Maria tenía el oído junto a la roca, como sí aguardara respuesta. De pronto empujó con el hombro un saliente y una gran puerta de piedra giró sobre sus goznes. La luna brillaba de lleno sobre una pequeña cámara cuadrada, desde la cual una escalera curva descendía hacia las tinieblas.
Entraron juntos y la piedra se cerró con ruido a sus espaldas. María sacó de debajo del manto una lámpara encendida e indicó a Jesús que la siguiera. El aire olía bien, y los escalones, bajos y bien cortados, les condujeron, tras un largo descenso en espiral, a una nueva pared ciega. La mujer pronunció la misma plegaria y, después de escuchar y aguardar y repetir la plegaria, empujó la piedra que giró sobre sus goznes.
Estaban ahora en una cámara construida, en forma de colmena, de grandes losas de caliza sin tallar, con pinturas en rojo y ocre de espirales, dobles espirales, cruces gamadas, gamadas invertidas y relámpagos bifurcados. En el centro había un pilar de forma fálica y a su lado un par de esqueletos agazapados, uno sin cráneo, y entre ambos la cornamenta dorada de un antílope. De los tres nichos de la cámara, en el de la derecha no había nada; en el de la izquierda había dos vasijas rayadas de sacrificio, un trípode de marfil, y la máscara de un hombre pálido y barbado de mejillas hundidas; en el del centro se veía un arcón pequeño, con anillos para ser transportado con dos varas, chapado en oro y rematado por querubines dorados. Al frente se abría un túnel largo y estrecho que se alejaba hacia la oscuridad.
Rey Jesús, Robert Graves.



La cosa, sin embargo, no salió tan bien como se esperaba; después de serle arrancados con tenazas los trozos de carne que la sentencia decía, se inició el descuartizamiento. Y como no pudieran cumplir su cometido cuatro caballos tirando cada uno de un miembro, añadieron dos más. No hubo manera. Rendido a la evidencia, el verdugo propuso ayudar a los animales cortando los miembros por las articulaciones. Esto era una alteración. Se insistió aún, pero sin resultado.
"Después de dos o tres tentativas, el verdugo Samson y el que lo había atenaceado sacaron cada uno un cuchillo de la bolsa y cortaron los muslos por su unión con el tronco del cuerpo. Los cuatro caballos, tirando con todas sus fuerzas, se llevaron tras ellos los muslos, a saber: primero el del lado derecho, el otro después; luego se hizo lo mismo con los brazos y en el sitio de los hombros y axilas y en las cuatro partes. Fue preciso cortar las carnes hasta casi el hueso; los caballos, tirando con todas sus fuerzas, se llevaron el brazo derecho primero, y el otro después."Una vez retiradas estas cuatro partes, los confesores bajaron para hablarle; pero su verdugo les dijo que había muerto, aunque la verdad era que yo veía al hombre agitarse, y la mandíbula inferior subir y bajar como si hablara. Uno de los oficiales dijo incluso poco después que cuando levantaron el tronco del cuerpo para arrojarlo a la hoguera, estaba aún vivo. "


